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lunes, 16 de noviembre de 2009

Dulces 16 con el Albañil



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Yo tendría unos 16 años, y más o menos en esa época trasladaron a mi padre, por ende a toda la familia, a una pequeña villa militar en Lambayeque, un pueblito aburrido a unos 20 minutos de Chiclayo, que era el lugar donde más pasaba el tiempo, al menos más que en Lambayeque. El cambio no me agradó para nada y a mi padre tampoco, sabíamos que se trataba de una venganza o una sanción que le habían dado desde esferas más altas, pero como no había de otra, traté de adaptarme, y él también trató de hacerlo por medio del trago, pero esa es otra historia. Hasta entonces en Lima había visto un par de escenas porno en VHS pero nunca había conseguido más que eso, continuamente me masturbaba pensando no tanto en las tipas de las películas, sino más bien en los hombres que las sometían, que se lucían con sus
vergas descomunales con las que las hacían padecer. Yo en el fondo, aunque al principio no quería admitirlo, me masturbaba pensando en esos sementales, mientras más rudos mejor, y pensaba en el dolor de esos penes dentro de uno. Obviamente jamás justifiqué la mínima sospecha ante mi familia, mucho menos ante mi padre, que quería que también siguiera una carrera militar en Chorrillos. Pero voy al grano. Yo quería probar nuevas cosas y quería aprovechar que en la provincia nadie me conocía para poder explorarla con cierta libertad, claro que mis amistades en buena parte estaban reducidas solo a la gente de la villa, es decir, a la gente con la que decían que debía juntarme.

A los 16 años eso te importa muy poco y quieres vivir la vida.

Recuerdo que me hice amigo de Mario, un chico que estudiaba en el Pardo, un colegio de la clase media provinciana. No sé por qué me hice amigo de Mario exactamente, pero me agradaba estar con él, era solitario como yo y un adicto al porno indiscutible. Eso supuestamente nos hacía más hombres, y yo ni siquiera sospechaba lo que terminé descubriendo de él. Había gente que me decía que Mario era marión, pero yo no hacía caso. Me decían que yo era su marido, pero tampoco hacía caso. Al final, una tarde después de jugar partido lo descubrí todo, pues habíamos ido a beber con otros chicos, y tomamos tanto, sobre todo él, que se sentía mal. Me dijo que lo acompañara a chapar un taxi (y mientras lo sostenía, porque Mario estaba realmente mareado), aproveché para preguntarle de frente si era cabro. Se rió y me dijo ¿POR QUÉ? ¿TE GUSTO? Nos sinceramos, quizá por el alcohol, y me dijo que le gustaba la pinga y que se lo cachaba un pata que la tenía especialmente grande. Esas fueron sus palabras. No sabía si reírme o extrañarme por su brutal honestidad, pero confieso que eso me excitó un poco. Yo le confesé que yo tenía curiosidad, le dije lo de las películas, que a veces me preguntaba cómo sería sentir un pene adentro. Mario me dijo ERES PASIVO, CHOCHE, NI VUELTA QUE DARLE. Entonces repentinamente cambió de planes y se fue a un teléfono público, como si se le hubiera pasado la borrachera, sacó una moneda y marcó con dificultad. SERGIO, dijo con voz de mamadazo cuando cayó la moneda, SOY YO, MARIO, QUIERO VERTE, SI, HOY, POR FAVOR, NO SEAS ASÍ… y yo la capté de inmediato, pensé que era una mierda tener que rogarle a alguien por sexo, yo pensaba en lo denigrante que es ser gay en provincia, parecer una mujer desesperada. Le dije que me iba, pero en el fondo no me quería ir, me moría de curiosidad, así que cuando me dijo que me quedara, que no me iba a arrepentir, lo seguí. Mario compró condones en una farmacia cercana, yo me moría de vergüenza, y nos quedamos en una esquina de la avenida Balta esperando al tal Sergio. Yo le pregunté cómo era su amigo y me dijo que era un pata de puta madre, yo me lo imaginaba de nuestra edad o un par de años mayor, guapo, como los actores de las porno, pues Mario era un muchacho atractivo. Cuando lo vi me llevé una sorpresa: Sergio no era tan alto como lo imaginaba, aunque sí agarrado, bien trigueño, pero le eché unos 30 años, quizá más. ¿Y ESTE QUIÉN ES?, dijo cuando me vio, sin demasiada emoción. ES GERARDO, UN PATA DEL COLE, Y QUIERE UN POCO DE ACCIÓN, YO SÉ QUE A TI TE GUSTA LA CARNE BLANCA, MEJOR SI ES PARA INAUGURAR, le dijo Mario a Sergio. Se cagaron de risa y yo no sabía dónde meterme, era incómodo pero a la vez extraño, temblaba pero a la estaba excitado. Lo curioso solo estaba empezando. Sergio nos llevó hasta un sitio en las inmediaciones del centro de Chiclayo, una construcción en plena ejecución. Como eran ya más de las 7 de la noche y todos se habían ido, estaba prácticamente desierta. Ahí entendí que Sergio era albañil o algo por el estilo. Nos dijo que volviéramos en diez minutos porque tenía que cambiar de turno con el vigilante, y así fue, cuando volvimos Mario silbó y Sergio nos abrió el portón de la construcción rápidamente. FELIZMENTE NO HAY NADIE, nos dijo y subimos con él hasta uno de los pisos que estaban construyendo. Obviamente no habían demasiadas cosas, un colchón, una lámpara de kerosene, una tele en blanco y negro, cosas así. Mario se moría se risa, nervioso, con cara de pendejo, pero se fue acercando poco a poco a Sergio y le dio un beso en la boca. Nunca había visto algo así, dos hombres besándose, por eso seguramente se impresionaron por la cara que puse y por mi erección. Mario acariciaba como una mujer a Sergio, quien se fue quitando la ropa rápidamente. Sin exagerar su cuerpo era el de un dios, lampiño pero musculoso, unos brazos enormes, gruesos, rudos como sus manos. Se acercó a Mario que estaba en calzoncillo y empezó a sobarlo, a puntearlo, me parecía raro ver a Mario perdiéndose en sus brazos como una mujer, super excitante. Yo temblaba, tragaba saliva, perdido entre el deseo y los nervios. En un momento Sergio se acercó por detrás y me fue quitando la camiseta y pasó sus manos grandes y duras por mis glúteos, los estrujo fuerte y yo gemí suave, cerré los ojos, me abandoné en su fuerza, en su pecho amplio y lampiño, sentí su verga imponente que sobresalía de su jean abierto. Me dijo ME ARRECHAS MUCHO, BLANQUIÑOSO y me bajo el short y el boxer y me punteo. ¿TE GUSTA, NO?, me preguntó y yo asentí con la cabeza, más relajado y confiado, mientras Mario se masturbaba viéndonos. Entonces Mario le bajó el calzoncillo a Sergio para mamarle la verga, o la mitad de esta, pues era enorme, sobre todo gorda y venosa, y a mí me dejaron a un lado. Sergio gemía de placer, bufaba con toda la arrechura del mundo y yo me empecé a tocar viendo ese momento increíble, estaba tan erecto viendo cómo Mario se metía a la boca toda la verga de Sergio. Pero al rato lo hizo meterse a la boca sus huevos que no eran tan grandes para luego ponerse el condón. Mario se ensalivó el culo y Sergio se la metió de frente y sin escalas, Mario gritó como si lo mataran y Sergio le tapó la boca con las manos. Sergio le cogía con una mano el hombro derecho y con la otra le tapaba la boca de rato en rato, pues Mario se quejaba mucho Me asustaba un poco eso, sobre todo porque Sergio estaba muy excitado. Mario le decía VIÓLAME, SOY TU PERRA, VIÓLAME y Sergio se la metía con mas violencia y velocidad. El resultado fue que después de algunas embestidas Mario estaba exhausto, lloroso, agitado, al punto que se quedó dormido en el colchón del albañil Sergio. Yo tenía mi corazón a mil cuando Sergio me miró con una sonrisa pendeja y me dijo AHORA TE TOCA A TI, BLANQUITO.




Mentiría si digo que no me sentí extraño. Sergio me besó en la boca con la lengua y se me pusieron los pelos de punta, me apretó entre sus brazos y su pecho fuerte de macho. Yo fui lamiendo desde su cuello salado hasta sus pectorales duros, sus brazos, su abdomen de piedra y llegue a su sexo. Me sentía tan bien así, a pesar de que su gran verga me producía arcadas, aun así yo me la metía a la boca y él embestía y embestía, se la mamaba y la sentía palpitar en mi boca mientras el lanzaba alaridos de placer, QUÉ RICO LA CHUPAS, me decía loco de placer, CÓMETE TU CHUPETÍN. Yo sentía que su cabeza monumental iba creciendo conforme yo iba ordeñándola, sus venas parecía que se salían y se bombeaban en mi boca, veía que su verga se hacía poco a poco más grande y me asustaba un poco el hecho de que todo eso se fuera a meter en mi culo. Cuando él me dio la vuelta y empezó a lamerme el culo mi excitación se multiplico por mil, su lengua fuerte se iba metiendo en mi ano como si fuera un pequeño pene y a mí me hacía temblar por las mil sensaciones que me hacía experimentar. De un momento a otro sentí que su dedo invadía mi culo, pero no me dolió, sentí mucho placer; entonces me metió dos con mucha saliva y empecé a quejarme, entonces él me metió sus dedos más rápido y más rápido mientras me nalgueaba fuerte con su mano izquierda. Yo estaba con el culo arriba, con la cabeza apoyada en el colchón de espuma, muriendo de placer, en medio de esa mezcla de un dolor delicioso que no quería que termine. Entonces Sergio sacó sus dos dedos y metió tres y los abría, los expandía en mi culito virgen. Le decía YA NO SIGAS, POR FAVOR solo para sentirme una perra mentirosa que se muere por tener la verga de su cachero clavada todo el tiempo para que se sienta un semental. Entonces Sergio me cogió de la frente con su mano, dirigió su pene hacia mi culo y a pesar del látex sentí el calor de su verga que se iba abriendo paso dentro de mi culo, al principio lento, y luego rápido y por completo. Me puse a lloriquear despacito mientras me embestía, me quejaba en silencio a diferencia de Mario cuando era penetrado, sentía su enorme cabeza rozando con las paredes de mi ano, sentía escalofríos, dolor, ardor, placer, ganas de más. Entonces, repentinamente, empezó a darme más rápido y más duro mientras me decía TÚ AHORA ERES MI MUJER, TE VOY A PREÑAR y el dolor era tanto que quería detenerme, detenerlo, pero Sergio seguía firme, CHILLA PERRA, me decía y yo ya no podía soportar tanto castigo. Entonces me dio la vuelta, me alzó y me sostuvo en sus brazos, en el aire, con ternura engañosa de padre me dijo APOYA TU CABEZA EN MI HOMBRO, RELÁJATE, DESCANSA mientras su verga iba buscando mi orificio y cuando la hizo entrar yo le mordí el cuello para no hacer tanta bulla por el dolor y para mi sorpresa no se quejó, pues estaba concentrado en destrozarme el culo, que estaba en llamas, ardiendo de placer. Sentía sus manotas en mi cintura, sentía que no significaba ningún peso para él, para su arrechura. Y me besaba rico en la boca para silenciar mi llanto, sentía su lengua grande que recorría toda mi boca, y me lamía las lagrimas de dolor, Sergio estaba tan excitado como yo. Le dije NO PARES, YA NO PARES, PAPI y me puso piernas al hombro mientras mi pene también reventaba de placer, yo apretaba el culo por el dolor y él me decía ¡AHHH PUTA QUÉ RICO!, ¡APRIETA ASÍ, ASÍ…! y yo me vine sin tocarme, me llené de leche el pecho, entonces él saco su pichula de mi culito castigado, se quitó el condón y yo instintivamente acerqué mi boca a ese monolito: no me equivoqué, a los segundos recibía en mi boca ese líquido viscoso y caliente por primera vez en mi vida mientras que Sergio se retorcía de placer. Vencidos, satisfechos, nos acostamos de costado en el colchón. Me dolía el culo horrores y hasta sangré un poco, pero Sergio me dijo que era normal y que si me dolía mucho tome Panadol. Igual me gustó oír su respiración de macho cansado a mi lado, sentir su aire en mis hombros, en mi nuca. Al rato nos despertó Mario, que me dijo ¡QUÉ BUEN CACHE TE HABRÁ METIDO EL SERGIO QUE ESTÁ TAN CANSADO! y me ponía una sonrisa bien cómplice. Terminamos en una cantina cercana, para cumplir con un trato implícito entre Mario y Sergio: por cada cachada que Sergio le daba Mario, Mario le ponía unas chelas, al menos unas cuantas.



La historia de mi primera vez termina en esa noche fantástica de sexo. Aunque Sergio me anotó su número de casa en la etiqueta de una cerveza no lo llamé nunca, ni volví a saber de él. A partir de ese día me alejé de Mario en el colegio, que se enojó conmigo porque pensaba que solo lo había usado para salir de pito. Volví a ser introvertido en clases y con los amigos, pero con un gran secreto dentro, y con unas ganas que fueron creciendo. Mejor no me adelanto demasiado y vuelvo a esa maravillosa noche, confusa, apasionada, llena de deseo. Esa noche que, a pesar de todo, me masturbé en la ducha pensando en cada instante que Sergio me había poseído, en su cuerpo musculoso, en su pinga cuyo tamaño difícilmente volvería a ver o sentir el resto de mi vida. No sé cómo explicar esta parte de mi vida, mi conducta, pero como dijo el Cautivo cuando el culo te pide pinga no hay ley ni religión ni moral ni nada que te detenga. Buscas saciarte aunque sea con el cachaquito que cuida tu casa en la villa, con el chofer de tu viejo, con tu profesor malogrado… haces cosas de las que luego te puedes arrepentir, pero que en el momento disfrutas. Pero esas son otras historias, espero que les haya gustado mi primer relato.

Por GERARDO